Ethel Martí. El susurro del silencio

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Escondida en su estudio, escondida, con el ruido de su silencio, con su sonido, que parece que cueste alcanzar la butaca estropeada delante del caballete, amurallada, atrincherada detrás de decenas de obras amontonadas, en orden, seleccionadas, cuidadas sobre una alfombra frecuentemente añil, manchada hasta el infinito, una estera de pigmento azul Montserrat que apacigua los pasos. Ethel Martí lleva años trabajando en solitario, envuelta en su paisaje, retratando sus amigos, a veces frenéticamente, en un afán de recoger su entorno, sus paisajes y sus amigos, de atesorar, para convivir con ellos, de forma llevadera.
Lo hace para convivir con su entorno, con sus alrededores, cuando en realidad, o esto nos parece, está haciendo un autorretrato, se está pintando a sí misma relacionándose con los demás, no al revés. Su familia pictórica es ella misma, muy precisa unas veces, apenas esbozada otras veces. Se ha hablado largo y tendido de la práctica pictórica del self. En el caso de nuestra pintora, se trata no del yourself, sino del herself. Del sí mismo femenino. Completamente femenino. La relación pictórica con el entorno, con la cara del entorno, es esta visión de mundo (que a veces nos parece una visión de mundo atónita), de sí misma a través de los demás. Existe ya mucha literatura sobre el retrato como autorretrato, pero en el caso de nuestra pintora hay una clara intención (subyacente, tal vez) de pintarse a sí misma como reflejo de lo que pasa a su alrededor, de lo que está pasando. Sus personajes son este reflejo. Son personas, evidentemente, pero dedicadas a describir a ella misma, a gustar o no, pero por supuesto a manifestarse, a hacerse visibles, a demostrar.

Tengo junto a mis libros un retrato precioso de la artista, de los años setenta, que perteneció a mis padres. Se trata del retrato de una mujer, aparentemente detrás de una ventana, más reja que ventana, muy empastado, muy de la época. Probablemente se trataba de un ejercicio sobre la soledad, o la reclusión o vete tú a saber. Pero es un retrato profundamente autobiográfico. Muy dibujado, pero aprovechando el fondo empastado (ocres, amarillo real, verde vejiga) para rescatar una unidad, la idea de esta unidad. Una mujer, atónita.

Hace ya veinticinco años, y después de la inauguración del MACBA, se organizaron unas charlas sobre la crítica de arte de la mano de Glòria Picazo, Manel Clot, Juan Vicente Aliaga y otros críticos. El artista y promotor cultural Jean-Christophe Ammann, en un texto recogido por Manel Clot, nos sorprende de antemano con la afirmación de que ya (entonces, en 1995) "no hay estilo". Después de "la extinción de las tendencias" (espléndida afirmación), "el artista [...] debe buscar en el self, en la biografía colectiva. Si los artistas trabajan en su propio self [...] también están trabajando en la biografía colectiva".

En aquellos años, a punto de terminar el siglo, quedaba muy atrás el miedo a la publicidad de veinticinco años antes, del terror a la tecnología, de la sorpresa del arte pop, de la Estampa Popular (ejemplo patrio), la revulsión contra el entorno puramente pictórico de la obra de arte. En España había un candor que parece ser que vino a solucionar esas cuestiones bastante bien. Los diseñadores gráficos, los diferentes "equipos" (Crónica, Realidad, 57), parecían dedicados a asustar los fragores de un pasado demasiado goyesco, un viento, no tan feroz, que venía soplando desde el Guadarrama hasta la Hoz del Júcar o desde el Cap de Creus hasta la calle Consell de Cent. Pero no pasó nada. Nada grave, quiero decir, y sí hubo varios momentos de gloria, aunque un poco incierta o por lo menos tímida, pero gloria al fin y al cabo. Los pintores siguieron pintando, bastante ferozmente a partir de 1980, conviviendo con los minimals y los geométricos, muchos de ellos demasiado entregados a la causa, pero sin hacerse un lío entre los procedimientos y sus consecuencias, como ocurre muchas veces.

Ethel Martí había estudiado en la emérita Escola d'Arts i Oficis de Tarragona con Saumells, con Gonzalo Lindín y con Magda Folch. Después estudió en la Escola Massana de la plaza de la Gardunya de Barcelona hasta que se marchó a vivir en Estados Unidos y posteriormente en Canadá, muy joven, y regresó a la Península a mediados de los setenta. Los fragorosos y tremendos setenta. Es al terminar esta década cuando con su familia se instala en Ibiza, una Ibiza luminosa, de soles estridentes y fríos de las mañanas de invierno, todavía sin discotecas escalofriantes ni top models bajándose de los yates, una isla con muchos perros y muchos niños y muchas ganas de pintar. La Ibiza, aún, de Elmyr de Hory, de Carl van der Voort, de Ivan Spence, de Will Faber, donde también habían pintado Pancho Cossío huyendo, suponemos, de sus veleidades falangistas, Ewin Bechtold y Egon Neubauer. Conoce allí, y los frecuenta, a Leopoldo Irrigible, Rafael Tur Costa y Will Faber, Chula Ross y Ramón Sánchez, muchos de ellos vecinos suyos, que "viven en arte", contribuyen al despertar en la ciudad provinciana y un poco colonial, organizan cinefórums, exposiciones, performances. Ethel trabaja en el Museo de Arte Contemporáneo de Dalt Vila y colabora en las históricas y numerosas ediciones de Eivissa Graphic, junto al propio Irrigible y Daniel Giralt Miracle. Pinta, tiene un cuarto hijo y es feliz. Ibiza le aporta, y no es un tópico, ese azul intenso, pigmento puro, y una especie de luminosidad teñida de ocre y almagre, su paleta preferida. Y se desarrolla, crece, madura.

Ethel Martí busca incansablemente entre los objetos abandonados, entre los restos de esta civilización que solemos denominar civilizada. Durante años ha hurgado, sorprendida, en fábricas abandonadas, masías deshabitadas, tiendas a punto de cerrar, ha recogido objetos, se ha apropiado de ellos, así como de las mil imágenes de otras mujeres que, como ella, han descrito su alrededor admirablemente, con una pincelada suelta, frenética muchas veces, con una inquietud nunca descriptiva, sino francamente referencial. Por esta razón adorna sus personajes, los cubre con un sombrero, les añade o les quita misterio, se lo rapiña.

En la obra de Ethel Martí hay una especie de apropiacionismo inconsciente que se nutre (nutrir no está reñido con apropiarse, sino todo lo contrario) de imágenes previas, retratadas, de sus tótems (también de sus tabús), pero que reflejan su yo, su self, que obviando lo puramente decorativo prescinde de esto, precisamente, y retrata su "sí misma" en un entorno lleno de referencias. Ethel Martí no se disfraza de ella misma ni lo hace con sus personajes. Retrata, a veces muy precisamente, una imagen especular en un entorno muy referenciado. Sus paisajes interiores son precisamente esto. Su espacio alcanzado, sus muebles, sus escaleras. Su entorno, azul, ocre y almagre, visitado de frente y de perfil. Descrito, aunque en algunas ocasiones esté simplemente insinuado. Años de peregrinaje entre los amigos y sus luces, nunca sus sombras, de derrochar amor por los demás, devoción a veces. Con calma y con voluptuosidad.

Manuel Allué